Pocas veces un escándalo comercial ha supuesto un golpe mortal para un combustible como el de Volkswagen para el diésel. Por lo menos en Estados Unidos. El país que acaba de elegir como presidente a Donald Trump, nunca ha visto con buenos ojos a este combustible, que usa menos del 5% de su parque automovilístico.

El fraude de la compañía alemana en la declaración de sus emisiones contaminantes –que le ha supuesto una multa extraordinaria y pérdidas astronómicas- ha sido la gota que ha hecho colmar el vaso y se prevé que a partir de 2017 no se comercialice ningún vehículo nuevo que use este tipo de combustible en los Estados Unidos, con la sola excepción de una gama alta de todoterrenos precisamente comercializados por Audi, la versión del Q7 que todavía no ha llegado al mercado. Pero se calcula que la venta de estos coches será muy baja, en primer lugar por su elevado precio –el fabricante ha reconocido que se trata de un vehículo de gama alta- como por el hecho de estar vinculado a una marca defraudadora.

Así pues, el diésel estará en trance de suspensión paulatina en los Estados Unidos sin ningún tipo de regulación impuesta desde arriba –al contrario que en Europa, donde muchas ciudades están pensando en vetar la circulación a los vehículos que usen este combustible y que tengan más de veinte años de antigüedad.

Hay que recordar dos datos importantes: en Europa casi la mitad del parque usa combustible diésel (con Alemania a la cabeza) y en España las demandas contra Volkswagen sólo han prosperado a favor del consumidor en uno de cada diez casos.

 

Redacción